No sé cómo empezar a escribir esto. Nunca me había pasado algo parecido, y puede que pienses que estoy loca. Quizás lo esté. Ni recuerdo cómo llegué al hospital después de esa noche. El miedo recorre cada partícula de mi cuerpo: es una sensación asquerosa.
Aún al recordarlo grito de puro terror. Los médicos corren a tranquilizarme con lo que ellos llaman “elixir de sueño”. Ellos también son personas muy raras.
Cierro los ojos y vuelvo a revivirlo.
Ya era de noche cuando buscaba mi coche. Llevaba como veinte minutos cuando oí un ruido detrás mío. Me giré lentamente, con mi navaja preparada bajo el bolsillo. Pero no había nadie. Seguí caminando cuando vi una sombra que parecía seguirme, lo cual parecía imposible. Pero ahí estaba. Comencé a caminar más rápido.
De pronto, lo encontré. Introduje las llaves, pero no abría. Resignada me apoyé en una de las puertas. Entonces me fijé en algo que antes no estaba: unas escaleras mecánicas dónde debería haber más coches. Como si se hubieran materializado.
Me volví a girar para intentar abrir una vez más el coche cuando noté cómo perdía el equilibrio. Como si me hubieran empujado. Tirada encima de los escalones, notaba una fuerza hacía presión contra mi pecho, evitando que me levantara. Cada vez me iba acercando más al final de éstas.
Presa del pánico, giré la cabeza para buscar ayuda, pero lo que me encontré fueron unas cucarachas apoyadas en los límites de los reposabrazos.
Fue entonces cuando comencé a notar como el cabello se me enganchaba en el límite. Un dolor insoportable recorría toda mi cabeza cuando los agudos chillidos comenzaron a inundar todo el espacio. El pelo empezó a desgarrarse de mi cuero cabelludo para dar paso a la sangre que recorría mi rostro.
En ese momento noté un millar de patas y antenas sobre mi cuerpo, manos, brazos y cuello. Se movían con rapidez hacia mi cara. Mi instinto me decía que debía cerrar la boca y taparme todos los orificios de la nariz y las orejas, pero el dolor desdibujaba mis sentidos y solo podía alzar las manos hacia mi pelo. Entre sudor, lágrimas, saliva y sangre, comenzaron a penetrar en mi boca. Mi cuerpo se retorcía en temblores de terror y angustia.
Cerré los ojos con fuerza. Y desperté aquí, en el hospital. No sé cómo llegué, ni quien me ayudó. Solo sé que mi habitación es muy tranquila, acolchada y blanca. En este lugar tan puro nunca tendré que revivir mis pesadillas.
No mientras siga despierta.
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