Nota: es una historia ficticia que podría herir la sensibilidad de los lectores. Espero que la disfruten.
Era una niña extraña en un
extraño mundo. Aquí, los que son como ella, son aislados, se les teme, se les
odia. Ella llevaba viviendo en un orfanato desde que tenía memoria, y con sus
diez años ya había sido rechazada por toda la sociedad.
Una sociedad dónde las
enfermedades mentales son consideradas una involución. Ni si quiera saben qué tenía,
ya que es más fácil abandonarla. Abandonarlos.
La vida en el orfanato era
complicada. Habían muchas agresiones, muchos insultos y muy poca supervivencia.
La niña era una amante de los
insectos, los investigaba y estudiaba. Tenía sólo dos amigos: Pelusa y Manchitas,
dos canes de gran tamaño que la esperaban con amor incondicional en la puerta. Los
tres se dirigían todas las mañanas a un parque cercano. Allí, la niña escondía
una colonia de insectos que alimentaba hasta que tenían el tamaño suficiente
para estudiarlos. Era entonces cuando comenzaba sus canciones, y ese día no iba
a ser diferente.
“Cucaracha…cucaracha,
te arranco una
pata,
¡¡Tú intentas huir!!
Y te vuelvo a mí”
“Cucaracha…cucaracha,
te arranco otra
pata,
te giro sobre ti
y te abro de raíz.”
Mientras la recitaba, los dos
perros se tumbaban a su lado, mirando a su alrededor, con aire protector. Ella
siempre iba con una libreta y un lápiz que robaba con cuidado de los despachos
del orfanato. El útil ya tenía un reducido tamaño, pero aún podía escribir con
él.
Pelusa levantó el morro,
observando las espaldas de la niña. Se percató de que había un hombre entre los
arbustos mirándola fijamente. Había comenzado a gruñir cuando Manchitas se levantó
para ponerse entre el extraño y ella. Es en ese momento cuando la niña levanta
la mirada:
¿Hay alguien ahí? – preguntó con
la voz un poco temblorosa.
Los arbustos se comienzan a
agitar mientras el hombre, de unos cuarenta años, se hace visible ante ella.
Manchitas comenzó a ladrar mientras ella guarda sus cosas.
No tengas miedo niñita, no te voy
a hacer daño – aseguró.
La gente no me habla – dijo ella
con tono cortante.
El hombre se iba acercando
mientras intentaba esquivar a Manchitas, sin perder de vista a Pelusa, que se
fue colocando al lado de la niña.
Bueno, pero yo no soy “gente”,
quiero ser tu amigo – dijo con una sonrisa en los labios.
Ella comenzó a levantarse del
suelo, con cuidado y, como harían sus dos amigos, había fijado la mirada en sus
ojos. Unos ojos que hablaban de crueldad y violencia. El hombre había esquivado
ágilmente a los perros, colocando su mano en su hombro derecho. La niña se giró
para mirarle. Se quedó petrificada cuando se dio cuenta de que su miembro
estaba fuera del pantalón, asomando por la bragueta.
Vamos, es solo un juego – aseguró
el hombre – de cualquier manera, no le importas a nadie, lo sabes, ¿verdad? Puedes
gritar todo lo que quieras, eres una enferma y nadie va a ayudarte.
La niña fue retrocediendo
mientras a los perros se le iban erizando el pelaje, preparándose para atacarle.
En un rápido movimiento, estaba tirada en el suelo y el hombre se había puesto
de rodillas frente a ella. Las lágrimas le resbalaban por las mejillas mientras
los gritos se escapaban de su garganta. Fue entonces cuando Manchitas saltó
sobre él, directo a su cara. Pelusa aún no se había movido, estaba entretenido
mirando cómo su compañero le arañaba el rostro y le mordía la cabeza.
¡Puto perro de mierda! - gritó mientras se zafaba de Manchitas con un
golpe en su costado.
Se acercó de nuevo a la niña, agarrando
su brazo para tirarla al suelo y tumbarse encima de ella, sin embargo, Pelusa
ya se había puesto en movimiento, aferrándose a su pierna izquierda. El hombre
chillaba de dolor mientras ella se liberaba de su opresor, y se escondía tras
un árbol. Manchitas volvió a atacar, esta vez a la pierna que aún quedaba libre.
A los gritos del hombre se le
sumaron los de ella. Comenzó a darse golpes en la cabeza con los puños cerrados
mientras se movía hacia adelante y hacia atrás.
¡CUCARACHA, CUCARACHA, CUCARACHA!
– gritaba al compás de sus movimientos - ¡TE ARRANCO UNA PATA! ¡CUCARACHA,
CUCARACHA!
Al cabo de un rato, se había
hecho un ovillo en el suelo. Sus gritos se habían convertido en susurro, sus
golpes en abrazos y sus lágrimas en arena. Levantó la mirada y se fijó de que
Pelusa y Manchitas estaban a su lado, acurrucados para darle calor. La noche
había aparecido.
La niña se levantó del suelo,
mirando a su alrededor: los cultivos de insectos estaban destrozados, la
libreta llena de barro y el lápiz, invisible a su mirada. El hombre yacía en el
centro de la escena, inmóvil. Se acercó con cuidado al cuerpo, con sus dos
amigos a ambos lados.
Sí le importo a “alguien” – dijo
mientras giraba la cabeza a ambos lados – y sí que me iban a proteger. No eres
el primero que acaba así, y no serás el último. Ninguno podrá con Manchitas y
Pelusa.
Siguió su camino, hasta llegar a
una fuente que se encontraba en el centro del parque. Con mucho cariño y amor
limpió los hocicos y las patas de sangre.
Ya sumaban cinco extraños.
Mañana volvería. Pasado también.