Mis padres tenían el local del garaje alquilado a una tienda
de congelados. Recuerdo volver del infantil con mi madre, pasar y saludar. A veces
me daban un helado. Cuando cerró la tienda los congeladores se quedaron varios
años en el garaje.
Ahí es dónde ella me metía. Recuerdo que la primera vez fue
cerca de la época navideña, porque aún había polvorones. Me dijo de entrar
dentro de uno de los congeladores, que ahí podríamos jugar la dos juntas. Yo tenía
unos seis años por aquel entonces.
Al principio fue divertido, pero pronto se tornó la
situación. Me bajó los pantalones y las braguitas y comenzó a tocarme. Yo no sabía
que pasaba. Recuerdo cómo, cuando escuchaba a alguien, me decía que me callara
para que no nos encontraran. A veces salía, me cerraba desde fuera y decía que estábamos
jugando al escondite, que yo me había escondido. Entonces volvía a entrar y
seguía haciendo lo mismo, o me subía la camiseta. En ese momento aún no me
obligaba a hacerle nada a ella.
Odiaba esos congeladores. Me daban mucho miedo.
No fue la primera vez que me metía ahí.
Cuando mis padres se
llevaron los congeladores, pensaba que ya había acabado. Pero ese sólo fue el
principio.

