lunes, 23 de diciembre de 2019

TÚ, sí, tú,
no eres más que escoria,
gusano que no para de hacer daño,
persona que te conoce,
persona que lo pasa puta.

TÚ, sí, tú, 
haces visible la locura,
deprimente ente,
¿cómo lo haces?
¿cómo jodes tanto a todos?

TÚ, sí, tú,
vas por ahí tranquilamente, 
preocupando y engendrando ansiedades, 
malestares generalizados,
con una simple mirada.

TÚ, sí, tú,
ni el espejo te aguanta,
ni tus padres te respetan, 
ni tus amigos te soportan,
¿cómo vas con esa cara?

Ni puta idea de como sigues.

viernes, 6 de diciembre de 2019

CARTA A LA DESESPERACIÓN


ZORRA, eres una puta asquerosa. Sal de mi puta cabeza. 

Eres el cáncer, la peste, la desesperación, y no mereces que te siga pensando. 

Dios, como te puto odio. Por tus mierdas me has amargado la infancia, la adolescencia ha sido un infierno y mi edad adulta es un desastre.

Agorafobia, depresión, claustrofobia. Qué puto bonito, joder.

No paro de gritar, de ahogarme en mi propia mierda.

Quiero que salgas, de mi vida, de mis recuerdos. Quiero que te largues.

Vete.

sábado, 23 de noviembre de 2019

CONGELADOR


Mis padres tenían el local del garaje alquilado a una tienda de congelados. Recuerdo volver del infantil con mi madre, pasar y saludar. A veces me daban un helado. Cuando cerró la tienda los congeladores se quedaron varios años en el garaje.

Ahí es dónde ella me metía. Recuerdo que la primera vez fue cerca de la época navideña, porque aún había polvorones. Me dijo de entrar dentro de uno de los congeladores, que ahí podríamos jugar la dos juntas. Yo tenía unos seis años por aquel entonces.

Al principio fue divertido, pero pronto se tornó la situación. Me bajó los pantalones y las braguitas y comenzó a tocarme. Yo no sabía que pasaba. Recuerdo cómo, cuando escuchaba a alguien, me decía que me callara para que no nos encontraran. A veces salía, me cerraba desde fuera y decía que estábamos jugando al escondite, que yo me había escondido. Entonces volvía a entrar y seguía haciendo lo mismo, o me subía la camiseta. En ese momento aún no me obligaba a hacerle nada a ella.

Odiaba esos congeladores. Me daban mucho miedo.

No fue la primera vez que me metía ahí.

Cuando mis padres se llevaron los congeladores, pensaba que ya había acabado. Pero ese sólo fue el principio.




jueves, 7 de noviembre de 2019

DIBUJO DE MIERDA



No veo más que silencio, 
silencio obtuso que me arrebata la sangre,
hiela mis pensamientos
y me conecta con un ser deforme.

Ser grotesco que devora,
lo bello de mi oscuridad,
hasta que ya no queda nada.

Lágrimas negras tiñen mi rostro,
devoto de lo extraño,
extraño del rostro.

No veo más que manchas, 
putas oscuras que no marchan,
no paran de molestar.

¡Putas locuras 
parad de joder!







domingo, 15 de septiembre de 2019

ENFERMEDAD

Nota: es una historia ficticia que podría herir la sensibilidad de los lectores. Espero que la disfruten.




Era una niña extraña en un extraño mundo. Aquí, los que son como ella, son aislados, se les teme, se les odia. Ella llevaba viviendo en un orfanato desde que tenía memoria, y con sus diez años ya había sido rechazada por toda la sociedad.
Una sociedad dónde las enfermedades mentales son consideradas una involución. Ni si quiera saben qué tenía, ya que es más fácil abandonarla. Abandonarlos.
La vida en el orfanato era complicada. Habían muchas agresiones, muchos insultos y muy poca supervivencia.

La niña era una amante de los insectos, los investigaba y estudiaba. Tenía sólo dos amigos: Pelusa y Manchitas, dos canes de gran tamaño que la esperaban con amor incondicional en la puerta. Los tres se dirigían todas las mañanas a un parque cercano. Allí, la niña escondía una colonia de insectos que alimentaba hasta que tenían el tamaño suficiente para estudiarlos. Era entonces cuando comenzaba sus canciones, y ese día no iba a ser diferente.

“Cucaracha…cucaracha,
te arranco una pata,
¡¡Tú intentas huir!!
Y te vuelvo a mí”

“Cucaracha…cucaracha,
te arranco otra pata,
te giro sobre ti
y te abro de raíz.”

Mientras la recitaba, los dos perros se tumbaban a su lado, mirando a su alrededor, con aire protector. Ella siempre iba con una libreta y un lápiz que robaba con cuidado de los despachos del orfanato. El útil ya tenía un reducido tamaño, pero aún podía escribir con él.
Pelusa levantó el morro, observando las espaldas de la niña. Se percató de que había un hombre entre los arbustos mirándola fijamente. Había comenzado a gruñir cuando Manchitas se levantó para ponerse entre el extraño y ella. Es en ese momento cuando la niña levanta la mirada:

¿Hay alguien ahí? – preguntó con la voz un poco temblorosa.

Los arbustos se comienzan a agitar mientras el hombre, de unos cuarenta años, se hace visible ante ella. Manchitas comenzó a ladrar mientras ella guarda sus cosas.

No tengas miedo niñita, no te voy a hacer daño – aseguró.

La gente no me habla – dijo ella con tono cortante.

El hombre se iba acercando mientras intentaba esquivar a Manchitas, sin perder de vista a Pelusa, que se fue colocando al lado de la niña.

Bueno, pero yo no soy “gente”, quiero ser tu amigo – dijo con una sonrisa en los labios.

Ella comenzó a levantarse del suelo, con cuidado y, como harían sus dos amigos, había fijado la mirada en sus ojos. Unos ojos que hablaban de crueldad y violencia. El hombre había esquivado ágilmente a los perros, colocando su mano en su hombro derecho. La niña se giró para mirarle. Se quedó petrificada cuando se dio cuenta de que su miembro estaba fuera del pantalón, asomando por la bragueta.

Vamos, es solo un juego – aseguró el hombre – de cualquier manera, no le importas a nadie, lo sabes, ¿verdad? Puedes gritar todo lo que quieras, eres una enferma y nadie va a ayudarte.

La niña fue retrocediendo mientras a los perros se le iban erizando el pelaje, preparándose para atacarle. En un rápido movimiento, estaba tirada en el suelo y el hombre se había puesto de rodillas frente a ella. Las lágrimas le resbalaban por las mejillas mientras los gritos se escapaban de su garganta. Fue entonces cuando Manchitas saltó sobre él, directo a su cara. Pelusa aún no se había movido, estaba entretenido mirando cómo su compañero le arañaba el rostro y le mordía la cabeza.

¡Puto perro de mierda! -  gritó mientras se zafaba de Manchitas con un golpe en su costado.

Se acercó de nuevo a la niña, agarrando su brazo para tirarla al suelo y tumbarse encima de ella, sin embargo, Pelusa ya se había puesto en movimiento, aferrándose a su pierna izquierda. El hombre chillaba de dolor mientras ella se liberaba de su opresor, y se escondía tras un árbol. Manchitas volvió a atacar, esta vez a la pierna que aún quedaba libre.

A los gritos del hombre se le sumaron los de ella. Comenzó a darse golpes en la cabeza con los puños cerrados mientras se movía hacia adelante y hacia atrás.

¡CUCARACHA, CUCARACHA, CUCARACHA! – gritaba al compás de sus movimientos - ¡TE ARRANCO UNA PATA! ¡CUCARACHA, CUCARACHA!

Al cabo de un rato, se había hecho un ovillo en el suelo. Sus gritos se habían convertido en susurro, sus golpes en abrazos y sus lágrimas en arena. Levantó la mirada y se fijó de que Pelusa y Manchitas estaban a su lado, acurrucados para darle calor. La noche había aparecido.

La niña se levantó del suelo, mirando a su alrededor: los cultivos de insectos estaban destrozados, la libreta llena de barro y el lápiz, invisible a su mirada. El hombre yacía en el centro de la escena, inmóvil. Se acercó con cuidado al cuerpo, con sus dos amigos a ambos lados.

Sí le importo a “alguien” – dijo mientras giraba la cabeza a ambos lados – y sí que me iban a proteger. No eres el primero que acaba así, y no serás el último. Ninguno podrá con Manchitas y Pelusa.

Siguió su camino, hasta llegar a una fuente que se encontraba en el centro del parque. Con mucho cariño y amor limpió los hocicos y las patas de sangre.

Ya sumaban cinco extraños.

Mañana volvería. Pasado también.

viernes, 6 de septiembre de 2019

PSICOSIS

No sé cómo empezar a escribir esto. Nunca me había pasado algo parecido, y puede que pienses que estoy loca. Quizás lo esté. Ni recuerdo cómo llegué al hospital después de esa noche. El miedo recorre cada partícula de mi cuerpo: es una sensación asquerosa.

Aún al recordarlo grito de puro terror. Los médicos corren a tranquilizarme con lo que ellos llaman “elixir de sueño”. Ellos también son personas muy raras.

Cierro los ojos y vuelvo a revivirlo.

Ya era de noche cuando buscaba mi coche. Llevaba como veinte minutos cuando oí un ruido detrás mío. Me giré lentamente, con mi navaja preparada bajo el bolsillo. Pero no había nadie. Seguí caminando cuando vi una sombra que parecía seguirme, lo cual parecía imposible. Pero ahí estaba. Comencé a caminar más rápido. 

De pronto, lo encontré. Introduje las llaves, pero no abría. Resignada me apoyé en una de las puertas. Entonces me fijé en algo que antes no estaba: unas escaleras mecánicas dónde debería haber más coches. Como si se hubieran materializado.

Me volví a girar para intentar abrir una vez más el coche cuando noté cómo perdía el equilibrio. Como si me hubieran empujado. Tirada encima de los escalones, notaba una fuerza hacía presión contra mi pecho, evitando que me levantara. Cada vez me iba acercando más al final de éstas.

Presa del pánico, giré la cabeza para buscar ayuda, pero lo que me encontré fueron unas cucarachas apoyadas en los límites de los reposabrazos. 

Fue entonces cuando comencé a notar como el cabello se me enganchaba en el límite. Un dolor insoportable recorría toda mi cabeza cuando los agudos chillidos comenzaron a inundar todo el espacio. El pelo empezó a desgarrarse de mi cuero cabelludo para dar paso a la sangre que recorría mi rostro. 

En ese momento noté un millar de patas y antenas sobre mi cuerpo, manos, brazos y cuello. Se movían con rapidez hacia mi cara. Mi instinto me decía que debía cerrar la boca y taparme todos los orificios de la nariz y las orejas, pero el dolor desdibujaba mis sentidos y solo podía alzar las manos hacia mi pelo. Entre sudor, lágrimas, saliva y sangre, comenzaron a penetrar en mi boca. Mi cuerpo se retorcía en temblores de terror y angustia.

Cerré los ojos con fuerza. Y desperté aquí, en el hospital. No sé cómo llegué, ni quien me ayudó. Solo sé que mi habitación es muy tranquila, acolchada y blanca. En este lugar tan puro nunca tendré que revivir mis pesadillas. 

No mientras siga despierta.

viernes, 16 de agosto de 2019

X/08/2019

Me hallaba en mi cama, dormida, abrazada a Pingüi, protector de mis sueños, vigía de mis miedos. 

Soñaba con la calle, los paseos, las personas. Pero no había nadie importante, nadie me esperaba, ni yo esperaba a nadie.
Mientras iba con esos pensamientos, un hombre desconocido se paró a mirarme. Me detuve a observarle y, de manera instintiva, me llevé la mano lentamente a la cabeza. 

Comencé a rascarme con mucho ímpetu. Notaba como mis uñas me arrancaban la piel del cuero cabelludo.

No podía parar. Y no lo hice. La piel comenzaba a ceder bajo mis dedos y, entre ellos, se enganchaban tiras de la dermis, cabellos y sangre. 

Levanté la cabeza, para darme cuenta de que el hombre seguía ahí, de pie, imperturbable ante mis actos. En ese momento, abrió la boca, comenzó a desencajarse la mandíbula, a desgarrarse la carne de las comisuras de los labios y a sangrar a borbotones. Se entreveían los músculos, que se rompían como hilos de coser, plegándose sobre sí mismo. 
Fue entonces cuando vislumbré un pico acompañado de unos grandes ojos rojos. Todo el cuerpo se retorcía en un baile de sudor y fluidos corporales hasta que, la presión del anfitrión pudo hacerse paso a la libertad. En el suelo, solo quedaban restos de lo que había sido aquel hombre y, sobre ellos, se encontraba Pingüi.
Fue abriendo el pico mientras se acerba a donde me hallaba. Vi con claridad los restos que me había arrancado con las manos. Entre ellos, algo carnoso. 

Mis dedos. 

Caminé hacia atrás, pero algo me había hecho resbalar. Mi propia sangre, la que emanaba aún de mis ya inexistentes dedos.

El que había sido mi amigo, se acercaba a mí y, con un ágil movimiento, me desgarró el vientre. Me había convertido en su piñata humana, donde el premio sería mis órganos y su propio festín. Entre tanto Pingüi iba devorando mi intestino grueso, mi visión fallaba. 

Y allí me dejó, inerte. Como si nunca hubiera existido.

martes, 13 de agosto de 2019

X/06/2019


El agua caliente me recubría todo el cuerpo, acariciando mi piel. Cada movimiento hacía que el fluido rebosara por el mármol de la gran bañera, cubriendo todo el suelo, rozando las patas de león de plata, cimientos de mis pensamientos, guardianes de mi fugacidad.

Mi cuerpo se siente húmedo, reconfortado por la calidez que me rodea. Me hundo, haciendo que mis cabellos susurren con mis caderas, mi torso, mis pechos y mis brazos.

El aire se termina de escapar de mis pulmones. Me dispongo a salir, pero no puedo. El agua, antes ligera y volátil, se transmuta en una pesada losa.

Comienzo a gritar, presa del pánico.
Me retuerzo y, en un intento frustrado de escapar, surge un furioso oleaje que emana de la bañera.

Mis cabellos, antes danzarines, tratan de esconderse. Penetran por todos mis orificios: boca, nariz, orejas. Los mechones se entrelazan con mis cuerdas vocales. Los sujeto con decisión, tirando con fuerza. Mi garganta se desgarra y comienza a borbotar sangre, tiñendo el agua de color granate.

Comienzo a perder la noción. El agua sustituye al aire. Mis manos se sueltan y mis ojos se cierran. Mi juicio me abandona.
Y todo se vuelve negro.

viernes, 9 de agosto de 2019

X/02/2016 - X/06/2019


Blanco. Silencio. Pavor. Melancolía. Rojo.

Encogida en el centro de la estancia.
Vacía. Blanca.

Levanto la mirada.
Pánico. Rojo.

Alzo los brazos.
Grito. Silencio.

Fluido. Sangre. Placenta. Vestido. Pesadilla.

Hallo un rastro delante mía.
Un cuerpo. Sangre.

Ojos vacíos se fijan en mí.
Placenta. Fluido.

Vestido impoluto, vientre rojizo.
Cordón venoso y arterial.
Conexión intangible, eterna.

lunes, 5 de agosto de 2019

A VECES

A veces...
...siento que te conozco,
solo para darme cuenta que es una falsa ilusión,

a veces...

...te quiero y adoro mimarte,
pero te das la vuelta y vuelvo a odiarte,

a veces...

...eres mi mejor recuerdo,
de esos días que parecían eternos,

a veces...

...no se ni cómo decirte que dejes de mirarme con esa cara,
marcada por las noches en vela de un alma descompasada,

a veces,

me dan ganas de gritarte, que pelearme y de agarrarte
con una desesperación que huele a sangre.

¡Qué necesidad tenerte en mi vida!
y que ironía descubrir que no te puedo ni pensar.

¡Qué ironía! 
mirarme en el espejo, meditar sobre mí misma,

y darme cuenta 
que la única solución que tengo
es hablar en tercera persona.


Pensamiento inconexos.


domingo, 4 de agosto de 2019

X/05/2019


Me siento incómoda. Tengo un dolor agudo en la boca.
Noto algo que comienza a salir del interior de mi colmillo izquierdo: un fino hilo rosa pálido que cada vez se hace más y más largo.
“Joder, cómo duele”, pienso.
Cojo el hilo, y procedo a tirar.

Y tirar.

Y tirar.

Y empieza a salir del interior de mi diente una bola rosácea que parte todo lo que encuentra a su paso.
Todo el mundo me mira. Intento cerrar la boca. “Espero que no se vea”, pienso.

De mis labios, la masa rebosa.

De mis labios, resbala.

De mis labios…

viernes, 2 de agosto de 2019

X/05/2019


No podía creerlo… Tenía un elefante. Pero no un elefante normal, era un micro elefante. Muy pequeñito, pero no por que fuera una cría. Era un mini elefante.

Lo cogí, y lo arropé. Lo cuidé y lo alimenté. Estaba muy contenta, y el mini elefante también. Comía sandía, manzana, incluso apio. Imagínate, apio. Mi mini elefante iba conmigo siempre, y era tan pequeñito que podía guardarlo en un bolsillo de mi abrigo.

Lo vieron mis amigas: lo cogieron, le dieron besos. Entonces pasó.

De pronto su pequeña trompita se empezó a derretir por el medio. La parte delantera comenzó a caerse, vi como cada fibra y cada músculo que la conforma se iba desgarrando hasta quedar una fina línea entre una parte y otra. Mi mini elefante comenzó a llorar, no podía barritar, aunque lo intentaba con todas sus fuerzas. No sabía lo que hacer, era imposible que le ayudara. Lo cogí e intenté pegarle la trompita, pero no podía, no se pegaba.

Mis amigas veían la escena, no paraban de reírse. De mí, de mi mini elefante.
No sabía que hacer. Así que le maté. Y lloré.

Piel

El palpitar resuena por todo mi cuerpo Mis entrañas forcejean entre ellas No saben cómo adaptarse Me dan ganas de arrancarme la piel Interca...