No podía creerlo… Tenía un
elefante. Pero no un elefante normal, era un micro elefante. Muy pequeñito,
pero no por que fuera una cría. Era un mini elefante.
Lo cogí, y lo arropé. Lo cuidé y
lo alimenté. Estaba muy contenta, y el mini elefante también. Comía sandía,
manzana, incluso apio. Imagínate, apio. Mi mini elefante iba conmigo siempre, y
era tan pequeñito que podía guardarlo en un bolsillo de mi abrigo.
Lo vieron mis amigas: lo
cogieron, le dieron besos. Entonces pasó.
De pronto su pequeña trompita se
empezó a derretir por el medio. La parte delantera comenzó a caerse, vi como cada
fibra y cada músculo que la conforma se iba desgarrando hasta quedar una fina
línea entre una parte y otra. Mi mini elefante comenzó a llorar, no podía
barritar, aunque lo intentaba con todas sus fuerzas. No sabía lo que hacer, era
imposible que le ayudara. Lo cogí e intenté pegarle la trompita, pero no podía,
no se pegaba.
Mis amigas veían la escena, no
paraban de reírse. De mí, de mi mini elefante.
No sabía que hacer. Así que le
maté. Y lloré.
No hay comentarios:
Publicar un comentario