martes, 13 de agosto de 2019

X/06/2019


El agua caliente me recubría todo el cuerpo, acariciando mi piel. Cada movimiento hacía que el fluido rebosara por el mármol de la gran bañera, cubriendo todo el suelo, rozando las patas de león de plata, cimientos de mis pensamientos, guardianes de mi fugacidad.

Mi cuerpo se siente húmedo, reconfortado por la calidez que me rodea. Me hundo, haciendo que mis cabellos susurren con mis caderas, mi torso, mis pechos y mis brazos.

El aire se termina de escapar de mis pulmones. Me dispongo a salir, pero no puedo. El agua, antes ligera y volátil, se transmuta en una pesada losa.

Comienzo a gritar, presa del pánico.
Me retuerzo y, en un intento frustrado de escapar, surge un furioso oleaje que emana de la bañera.

Mis cabellos, antes danzarines, tratan de esconderse. Penetran por todos mis orificios: boca, nariz, orejas. Los mechones se entrelazan con mis cuerdas vocales. Los sujeto con decisión, tirando con fuerza. Mi garganta se desgarra y comienza a borbotar sangre, tiñendo el agua de color granate.

Comienzo a perder la noción. El agua sustituye al aire. Mis manos se sueltan y mis ojos se cierran. Mi juicio me abandona.
Y todo se vuelve negro.

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