El agua caliente me recubría todo el cuerpo, acariciando mi
piel. Cada movimiento hacía que el fluido rebosara por el mármol de la gran
bañera, cubriendo todo el suelo, rozando las patas de león de plata, cimientos
de mis pensamientos, guardianes de mi fugacidad.
Mi cuerpo se siente húmedo, reconfortado por la calidez que
me rodea. Me hundo, haciendo que mis cabellos susurren con mis caderas, mi
torso, mis pechos y mis brazos.
El aire se termina de escapar de mis pulmones. Me dispongo a
salir, pero no puedo. El agua, antes ligera y volátil, se transmuta en una
pesada losa.
Comienzo a gritar, presa del pánico.
Me retuerzo y, en un intento frustrado de escapar, surge un furioso
oleaje que emana de la bañera.
Mis cabellos, antes danzarines, tratan de esconderse. Penetran
por todos mis orificios: boca, nariz, orejas. Los mechones se entrelazan con
mis cuerdas vocales. Los sujeto con decisión, tirando con fuerza. Mi garganta
se desgarra y comienza a borbotar sangre, tiñendo el agua de color granate.
Comienzo a perder la noción. El agua sustituye al aire. Mis manos
se sueltan y mis ojos se cierran. Mi juicio me abandona.
Y todo se vuelve negro.
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